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Homenaje a los inmigrantes ilegales

El inmigrante ilegal pesa menos que el inmigrante regular sobre las cuentas de la Seguridad Social, y no alimenta los argumentos de los que fundan su xenofobia en los costos de los extranjeros sobre los recursos y servicios del "Club Francia", simplemente porque no tiene los papeles necesarios para acceder a la mayoría de los favores del estado de bienestar.
 
Frente a los problemas sociales derivados de la inmigración y, a pesar de sus diferencias ideológicas, los hombres del estado - los que tienen el poder como aquellos que lo quieren - son todos unánimes en un punto: hay que luchar contra la inmigración ilegal. Esta lucha es la prioridad declarada de todas las políticas de inmigración que se nos proponen, de cualquier partido que provengan. Una unanimidad demasiado ostentosa para ser honesta... Sin embargo, aunque sea un chivo expiatorio fácil a un problema difícil, el inmigrante ilegal tiene ventajas que el inmigrante regular no tiene.
 
En primer lugar, por su trabajo al negro, el inmigrante ilegal reduce los costos monetarios y no monetarios de la mano de obra. Se fortalece la competitividad del sistema productivo y se ralentiza el proceso de deslocalización de las empresas, que pueden gracias a él encontrar aquí lo que están buscando afuera. Facilita los ajustes del empleo a las fluctuaciones cíclicas y aumenta la flexibilidad del proceso de producción. El trabajador ilegal, que sea nacional o extranjero, no hace nada mas que anticipar el alivio de las cargas sociales que tiende a generalizarse. Liderando la red de la "economía informal", toma parte en lo que es a la vez una regulación significativa de las fluctuaciones económicas y una salvación para muchas instituciones que se encuentran en una situación desesperada.
 
El inmigrante ilegal que no participa en la financiación del sistema de protectorado sociales, tampoco puede usarlo en detrimento de los contribuyentes, por el hecho mismo de su clandestinidad. Esto compensa aquello, simplemente porque no tiene los documentos necesarios para acceder a la mayoría de los favores del Estado de bienestar, cuyos  requisitos de trámites conocemos bien. Así, el inmigrante ilegal pesa menos que el inmigrante regular sobre las cuentas de la Seguridad Social, y no alimenta los argumentos de aquellos que basan su xenofobia en las cargas operadas por los extranjeros sobre los medios y los servicios del "Club Francia".
 
Por último, los que temen que un día el derecho de voto podría ser concedido a los extranjeros que residen legalmente en el territorio nacional pueden quedarse tranquilos con el inmigrante ilegal que, por definición, y debido a su irregularidad, jamás podrá  participar en estas celebraciones electorales. La política, que a menudo es solo un medio de hacer prevalecer la subjetividad de su fe adornándola de la ley, es un camino que le esta cerrado al inmigrante ilegal. No es el inmigrante ilegal él que podrá utilizar el monopolio público del poder coercitivo para imponernos reglas de la vida en contra de nuestros hábitos.
 
Pero, precisamente, no estará justamente el inmigrante ilegal violando aquellas reglas de la vida en la sociedad? No necesariamente, porque si bien es cierto que no respeta las normas establecidas por el Estado, es un error de creer que estas normas estatales cubren todas las reglas de la vida en sociedad. La legislación no es el derecho, como la legalidad no es la legitimidad, y como que ninguna ley establece los principios de la cortesía. Dado que el inmigrante ilegal respeta las reglas naturales de la vida en sociedad, como, por ejemplo, el respeto a la palabra dada, aunque sea fuera de la ley, merece menos la expulsión que los que hacen lo contrario. Finalmente, en un mundo donde el poder tutelar del Estado es cada día más sofocante, el clandestino desconocido nos muestra el camino de la independencia y despierta nuestro sentido anestesiado de la libertad individual. Como tal, merecía este homenaje, que de paradójico solo tiene la forma.